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Atentamente, el equipo de Proyecto Mila. (May 04, 2019)

Inicio Proyecto Mila: Foros [Roleplay] - Personajes, entornos y anuncios Roles [ROLEPLAY #1] Capitulo 5 Refugio en las Alturas

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[ROLEPLAY #1] Capitulo 5 Refugio en las Alturas
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#1
03-09-2025, 14:03 PM
El silencio dentro del coche era denso y pesado, tan palpable como el humo de un incendio. No era el silencio cómplice de antes, el que compartían mirando un atardecer o saboreando un café. Este era un silencio cargado de adrenalina residual y el eco de la amenaza de Tyrone. Cada semáforo en rojo, cada peatón que se acercaba muy lento a su vehículo, era una potencial emboscada.
Finalmente, llegaron a la casa de Fort Carson. La que había sido su fortaleza, su sueño hecho realidad, ahora se sentía como una trampa con las puertas abiertas.

—Tenemos que sacarte de aquí —declaró Wyatt, rompiendo el silencio con una voz ronca por la tensión—. Este sitio ya no es seguro.

Ella no lo dudó ni por un segundo. Asintió con la cabeza, sus ojos escaneando la calle vacía a través de la ventana. En cuestión de minutos, Emily empacó un bolso con lo esencial: algo de ropa, sus títulos, los ahorros que guardaba en una caja fuerte discreta. Cerró la puerta de su consultorio-casa con una sensación de pérdida amarga, pero necesaria. Huían despavoridos de un enemigo invisible que podía estar al acecho en cualquier esquina.
El trayecto a Los Santos fue una carrera contra su propia paranoia. Una vez en la ciudad, la meta era clara: desaparecer. Encontrar un nuevo refugio donde el fantasma de Tyrone no pudiera alcanzarlos. Fue entonces cuando Emily recordó a uno de sus pacientes más agradecidos, un hombre que en una de sus sesiones había comentado, casi de pasada, que trabajaba en compra y venta de propiedades. Buscó su número en la agenda con dedos que aún le temblaban levemente.
La llamada fue un rayo de luz en la tormenta. El hombre, al reconocer su voz y oír la urgencia soterrada en su tono, no dudó.

—Tengo justo lo que necesitas. Un apartamento en el edificio Downtron, piso 12. Está desocupado. Y por conocerte… te hago un 5% de descuento.

No era una fortuna, pero era el margen que necesitaban para que fuera asequible. Fueron a verlo. El apartamento era amplio, moderno, bañado por la luz que entraba por sus grandes ventanales. Era incluso más grande que su casita en Fort Carson, y aunque carecía de su encanto rural, ofrecía algo invaluable: anonimato y seguridad. Las decisiones se tomaron en segundos. Dieron la entrada allí mismo.
Contrataron los servicios de SCY "Tipos que Resuelven ". (Una empresa de servicios varios, desde carpintería, plomería, hasta mudanzas), Wyatt fue claro y firme al dar las instrucciones:

—Saquen todo de la casa en Fort Carson y tráiganlo aquí. Pero quiero que den varias vueltas por la ciudad antes de venir. Tienen que estar absolutamente seguros de que no los sigue nadie. Esa condición no se negocia.

Los hombres de SCY, profesionales en su peculiar trabajo, asintieron con seriedad y acataron las órdenes al pie de la letra. Mientras ellos se ocupaban de la mudanza, Emily hizo la llamada que tenía pendiente desde que llegó a Los Santos. Llamó a la inmobiliaria de la dueña de la casa de Fort Carson.

—Es Emily Vonrichtoffen. Le transfiero el resto del alquiler del mes, y un extra. Es lo que acordé. Mi palabra es mi contrato.
Colgó con una profunda sensación de orgullo. El fruto de su trabajo honesto le permitía cumplir sus promesas, incluso en medio del caos.

Cuando todas sus pertenencias estuvieron en el nuevo apartamento, se dedicaron a armar su nuevo nido. Emily organizó su consultorio en una habitación más amplia, con una ventana enorme que daba a la skyline de Los Santos. La vista desde el piso 12 no era de árboles y paz, sino de concreto, luces y vida urbana. Pero aportaba una sensación de anonimato y, curiosamente, de un profesionalismo distinto, una "grandeza" que su otro consultorio no tenía.
No dejó de trabajar ni un solo día. Pero la Emily que recibía pacientes ahora era distinta. Su amabilidad no había desaparecido, pero estaba templada por una cautelosa desconfianza. Instauró un nuevo ritual: antes de dejar pasar a un paciente nuevo, especialmente si era hombre, le pedía que esperara un momento en la pequeña recepción. Desde su puerta, realizaba una suerte de triage con la mirada: evaluaba su lenguaje corporal, su mirada, su actitud. Ya no confiaba ciegamente.
Los días se convirtieron en semanas. No hubieron llamadas ni tampoco apareció Tyrone. La calma comenzó a asentarse, primero como un alivio tenso, luego como una rutina casi normal. Wyatt relajó su vigilancia constante. Emily comenzó a respirar un poco más profundo.
Ella, más que nadie, quiso creer que el mensaje había sido recibido. Que el susto había funcionado. Que Tyrone, habiendo visto la determinación de Wyatt, había entendido que no valía la pena meterse en problemas por ella.
Era una calma necesaria, un respiro para sanar. Pero en el fondo, en ese lugar donde guardaba sus instintos más primarios, una pequeña voz le recordaba que en una ciudad como Los Santos, los hombres como Tyrone no olvidan. Simplemente, esperan.

Un mes pasó. La rutina se instaló con una normalidad casi sospechosa. Los mecanismos de seguridad de Emily—su mirada evaluadora, la elección de pacientes—parecían estar funcionando. Wyatt había vuelto a su turno en la fábrica, y el aire en el apartamento de Downtron había perdido ese filo de paranoia constante. Todo olía a una paz frágil, pero paz al fin.
Hasta que el teléfono sonó.
Y al ponerlo en su oído, Emily reconoció esa voz de inmediato. Una cuchillada de hielo le recorrió la espina dorsal. Tyrone. La esperanza de que se hubiera rendido se hizo añicos en un nanosegundo.
Pero la voz no era la de antes. No tenía esa arrogancia zalamera, esas insinuaciones sucias. Sonaba… urgente. Como desesperado.
—Emily, escúchame. Te necesito. Mi amigo se lastimó trabajando y está muy mal. Solo conozco a una persona que lo puede ayudar, y esa persona eres tú. Te lo juro, no es por mí.

Ella se quedó en silencio, congelada, el teléfono apretado contra su oreja. Cada fibra de su ser le gritaba que colgara, que bloqueara el número y lo olvidara para siempre. Pero entonces, la imagen de alguien herido y con dolor vino a su mente. El juramento que se había hecho a sí misma, la ética inquebrantable que heredó de sus padres, chocó violentamente contra su instinto de supervivencia.
Era una trampa. Lo sabía. Pero ¿y si no lo era? ¿Podría vivir con la culpa si alguien sufría porque ella dio la espalda?

—¿Emily? —la voz de Tyrone sonó más débil, casi convincente.
—Nos vemos en el 24/7 en la esquina de la pista de Skate—dijo ella, con una firmeza que no sentía—. En la calle. Afuera. Solo. —Y colgó antes de que él pudiera responder.

Al dejar el teléfono en el bolsillo, su mirada se cruzó con el cuchillo de cocina que estaba sobre la mesada, dejado allí después de cortar fruta para el desayuno. Un instinto primitivo, heredado de generaciones de mujeres que se habían tenido que defender solas, la hizo agarrarlo. La hoja relució bajo la luz artificial. Sin pensarlo dos veces, lo guardó en el fondo de su cartera. "Por las dudas". No era un plan, era un consuelo macabro.
Condujo las cuatro cuadras hasta el mini mercado 24/7 con el corazón golpeándole las costillas. Se estacionó frente al local, bajo la luz brillante de los neones, pero no se bajó. Observó. Esperó.
No tardó. Un Volkswagen color morado con un alerón absurdo se estacionó a su lado. Tyrone bajó del conductor. Del asiento del pasajero, bajó tambaleándose su "amigo", el mismo de la vez anterior. Y era verdad: su hombro estaba visiblemente dislocado, inflamado, una postura antinatural que gritaba dolor agudo.
Un jirón de compasión profesional le atravesó el pecho. Bajó de su auto con cautela, manteniendo la distancia y evitando el contacto visual con Tyrone, enfocándose únicamente en el herido.

—Déjame ver —dijo, con su voz de terapeuta, acercándose al hombre.
Pero Tyrone se interpuso, una sonrisa arrogante y familiar empezando a dibujarse en su rostro.
—Sabía que no me ibas a decepcionar, chiquita. —El interés genuino por su amigo se evaporó, reemplazado por la misma mirada posesiva de siempre.
Todo quedó claro. El herido era solo el cebo.
—Tu amigo necesita ayuda ahora, Tyrone —dijo ella, intentando razonar, desesperada por mantener el foco en la emergencia médica—. Eso es lo único que importa.
—¿Dónde está tu novio el soldadito? —preguntó él, escaneando el estacionamiento vacío con desdén—. No lo veo escondido detrás de nada esta vez...
Esa fue la confirmación. No había venido por ayuda. Había venido por ella.
En ese instante, un auto entró al estacionamiento, sus faros iluminándolos por un segundo. La distracción fue mínima, pero suficiente.
Emily no lo pensó. Giró sobre sus talones, corrió hacia su auto, se metió dentro y trabó la cerradura en un solo movimiento fluido y aterrado. Tyrone gritó algo, golpeó el vidrio con la palma de la mano, pero ella ya tenía la llave puesta.
El motor rugió. Con dedos temblorosos, sacó su teléfono, apuntó hacia el Volkswagen morado y tomó una foto nítida de la matrícula antes de que él pudiera reaccionar. Pisó el acelerador y el auto salió disparado del estacionamiento, dejando atrás a un Tyrone que ahora gritaba de furia impotente.
No miró atrás. No fue a su apartamento. Tomó rumbo directo a la comisaría más cercana, que estaba a solo un par de calles. Necesitaba algo más que un cuchillo en su bolso. Necesitaba que alguien con una placa y una arma escuchara su historia. Necesitaba que la ley, por una vez, estuviera de su lado.
El riesgo había sido enorme, pero ahora tenía un arma nueva: una prueba. Y estaba decidida a usarla, pero no sería tán fácil, su agresor sin ningún tipo de vergüenza o escrúpulos, la siguió para tratar de defenderse dando su versión de los hechos.

El Volkswagen morado se estacionó con un chirrido justo detrás de ella. Emily no lo pensó. Jaló el freno de mano, dejó el coche en punto muerto y salió corriendo como si las mismas furias del infierno la persiguieran. Las puertas batientes de la comisaría se abrieron de golpe ante su entrada desesperada.

—¡Socorro! ¡Por favor, ayúdenme!
Un sargento, que estaba casi dormitando tras el mostrador de informes, se sobresaltó, enderezándose de un salto.
—¿Qué pasa, señorita? ¿Qué ocurre?

—¡Ese tipo! —gritó Emily, señalando con un dedo tembloroso hacia la puerta, donde Tyrone acababa de entrar con una calma que resultaba obscena—. ¡Me acosa! ¡Lleva semanas acosándome, oficial! ¡Por favor, ayúdeme!
El sargento miró a Tyrone, quien alzó las manos con una sonrisa de falsa inocencia, un cinismo perfectamente ensayado.
—Pero si somos amigos, jefe —dijo, dirigiéndose al policía con una familiaridad calculada. Tu sí que exageras, Emily. Era solo un juego entre nosotros, ¿no? —Su mirada se deslizó hacia ella, cargada de una amenaza velada—. Todo un malentendido, caballero.


Movido más por el protocolo que por la convicción, el sargento los separó y tomó la denuncia de Emily. Con voz entrecortada por la indignación y el miedo, ella lo contó todo. La sesión incómoda en Fort Carson, las llamadas, la trampa en el muelle (omitiendo sabiamente el rifle de Wyatt), y el engaño de esa noche, usando el dolor real de su amigo como carnada para atraerla. Mostró la foto de la matrícula del Volkswagen morado como prueba.
El sargento anotó todo meticulosamente, asintiendo de vez en cuando con una expresión neutra.
—Espere aquí, señorita —dijo finalmente, y se llevó a Tyrone a una sala contigua.
Emily se quedó sola, pero las paredes delgadas permitían que los murmuros llegaran a sus oídos. La voz de Tyrone, suave pero insistente, negando todo, pintándola como una mujer desequilibrada, exagerada, que había malinterpretado su "amistad". Exigía que retirara la denuncia, que era "una injusticia".
Minutos después, que se sintieron como horas, el sargento salió acompañado de Tyrone. Su rostro era una máscara de frustración burocrática.
—Señorita Vonrichtoffen —dijo, evitando su mirada—. Lamento informarle que las pruebas que presenta… son insuficientes para tomar medidas disciplinarias o institucionales. No tenemos más que su palabra contra la suya. No hay testigos, no hay lesiones previas documentadas…
Las palabras cayeron sobre Emily como un balde de agua helada. La incredulidad le nubló la vista. Y entonces, lo vio: la sonrisa de Tyrone. Ya no era cínica, era pura impunidad. Un gesto triunfal que decía, sin palabras: Gané.
—…Les sugiero que solucionen esto como adultos —concluyó el sargento, dándose la vuelta para regresar a su despacho, lavándose las manos del asunto.


El sistema, su último recurso, la había abandonado.
Tyrone no perdió un segundo. Se acercó a ella, mismo allí, en el corazón de la comisaría, invadiendo su espacio con una arrogancia renovada.
—Ves, chiquita— murmuró, tan bajo que solo ella podía oírlo, mientras alzaba su brazo para intentar ponerlo sobre su hombro en un falso gesto de conciliación—. Te dije que no podías conmigo.
Fue el contacto, la violación final de su espacio y su voluntad, lo que quebró el último dique de su control. La adrenalina, el miedo, la rabia y la traición explotaron en un instinto ciego y primario.
Sin pensar, su mano se hundió en el fondo de su bolso. Sus dedos se cerraron alrededor del mango frío del cuchillo de cocina. Y en un movimiento rápido y defensivo, tan seco como el crujir de un hueso, la hoja reluciente salió del bolso y trazó un rápido arco.
¡SSST!
El filo encontró la carne del brazo que Tyrone extendía hacia ella.
Un grito agudo, de genuino dolor y sorpresa, desgarró el aire tranquilo de la comisaría. Tyrone retrocedió, agarrando su brazo sangrante, su rostro contraído en una mueca de shock e ira.
El efecto fue instantáneo. Donde antes no había interés, ahora había una crisis.
—¡¡Arma blanca!! ¡¡Deténganla!! —gritó alguien.
En segundos, dos agentes se abalanzaron sobre Emily. Le arrancaron el cuchillo de la mano, la sujetaron con fuerza por los brazos y la empujaron contra la pared de ladrillos, esposándole las muñecas a la espalda con una frialdad metálica.
—¡Tiene derecho a permanecer callada! ¡Cualquier cosa que diga puede ser usada en su contra en un tribunal! —las palabras, frías y protocolarias, le llegaron como desde otro planeta.
A través de un velo de lágrimas de rabia e impotencia, Emily vio a Tyrone siendo atendido por otro oficial, mostrando su corte con dramatismo, ahora convertido en la víctima. La sonrisa de impunidad se había transformado en una expresión de dolor victorioso.
La habían detenido a ella. Por intento de homicidio en flagrancia.
En su desesperación por defenderse de un sistema que no la protegía, Emily había cometido el único error imperdonable: había proporcionado la prueba física que la ley necesitaba. Pero no contra su acosador. Contra sí misma, Wyatt estaba trabajando, ahora su futuro era incierto, la estaban llevando a un calabozo, ella perdió..


Continua en Capitulo 6 (Y el final de esta seguidilla de capítulos, aclaro todo en el siguiente)

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