03-09-2025, 10:36 AM
(Última modificación: 03-09-2025, 11:14 AM por Nonis.
Razón: Corregir un error gramático
)
Los días transcurrieron mecánicamente, sumergiendo el evento de la colina en una bruma gris entre el olvido voluntario y la negación consciente. Emily racionalizó lo sucedido: había sido un cruce accidental del delgado hilo que separa la amistad del algo más. Un territorio peligroso donde, si se avanza sin la certeza de ambos, lo único que se cosecha es la ruina de la complicidad más firme. Se convenció a sí misma de que había hecho lo correcto al ponerle un punto final. Al fin y al cabo, no había pasado de un beso.
Tres días sin una sola señal de Wyatt confirmaron su certeza, aunque una parte de ella supiera que era infundada. La mañana del cuarto día, mientras repasaba su agenda para organizar la jornada, su dedo se deslizó por la página de la semana anterior. Allí estaba su nombre: Wyatt - Continuación tratamiento - ¿Confirmar?. El renglón destinado a la nueva cita estaba vacío, un espacio en blanco que pareció devorar toda la luz de la habitación.
Se quedó mirando ese vacío, y por un instante, no vio la agenda. Vio el amanecer bañando su perfil, sintió el eco del rugido de la represa y el calor de sus labios. Una sonrisa involuntaria, tierna y amarga a la vez, se dibujó en su rostro. Sonreía por la belleza pura e innegable de aquel momento, y al mismo tiempo, por la ironía de que su profecía de autocuidado se hubiera cumplido: había tenido razón en no querer continuar.
¡PEEEP!
El pitido de la cafetera la sacó bruscamente de su ensoñación. Parpadeó, desorientada, y al bajar la mirada hacia la agenda para cerrarla, lo vio. Al lado del nombre de Wyatt, en el margen del papel, su mano, actuando por cuenta propia movida por el subconsciente, había dibujado un pequeño corazón perfecto y delicado.
La sangre le afluyó a las mejillas. La evidencia de su vulnerabilidad estaba allí, tachando su frágil armadura de indiferencia. Respiró hondo. La sonrisa se desvaneció, reemplazada por una determinación nerviosa. No podía dejar las cosas así, en ese limbo incómodo. Agarró el teléfono con una mano que apenas lograba mantener estable y le marcó.
—¿Hola? —La voz de Wyatt del otro lado sonó plana, cautelosa.
—Hola, Wyatt. Soy Emily —dijo, forzando un tono profesional y ligero que sonó falso incluso para sus propios oídos—. ¿Cómo estás?
—Uh… bien, sí. ¿Y tú? —La tensión era palpable, un muro invisible entre ellos.
—Bien, gracias. Me alegro por ti.
Un silencio espeso y pesado cayó sobre la línea, una niebla de cosas no dichas que los ahogaba a ambos. Emily tragó saliva y se armó de valor.
—Oye, ¿vas a venir mañana? Para tu penúltimo tratamiento.
La pausa del otro lado fue eterna. Podía casi escuchar el conflicto retumbando en su silencio.
—Creo que… vamos a dejarlo así —soltó al fin, las palabras saliendo a empujones—. Yo no creo que sea lo ideal que… ya sabes, nos veamos.
El adiós que siguió sonó como el cristal de su propio corazón rompiéndose. Colgó y se quedó mirando el auricular, la angustia anudándole la garganta. Del otro lado de la ciudad, Wyatt hacía lo mismo, ahogándose bajo el peso de una elección que sentía necesaria pero que sabía devastadora.
Su mirada volvió a caer sobre el corazón en la agenda. Su dedo índice se alzó, instintivo, y posó la yema sobre el papel, listo para frotar con fuerza y borrar la prueba de su error, de su sentimentalismo tonto. Pero la presión nunca llegó. Se detuvo. ¿Borrar un momento de pura verdad? ¿Un beso que había sido tan auténtico y bonito? No. No merecía ser eliminado por el miedo y una despedida cobarde. Dejó el corazón allí, un recordatorio amable y doloroso de que, por un instante, se había permitido sentir.
El ruido de una moto; la despertó nuevamente, como si algo le estuviera insistiendo... El día reclamaba su atención. Se sirvió un café rápido y salió al pequeño patio trasero. Encendió un cigarrillo que llevaba una semana en el paquete, resistiéndose. Dio una calada profunda y dejó que el humo saliera de sus labios lentamente, como si con él pudiera exhalar la pena que quería dejar ir. El cigarrillo se consumió, el café se enfrió en la taza, y una nueva paciente llegó.
Sumergirse en el trabajo fue su salvación. Mientras charlaba con la señora y sus manos trabajaban nudos musculares, pequeños flashbacks la asaltaban: el destello del sol en sus ojos, el sonido del agua. Ella cerraba los ojos con fuerza por una fracción de segundo, apretaba los puños bajo la camilla y luego reanudaba el masaje con una sonrisa profesional en el rostro. No era fingida, pero le faltaba la luz que había tenido junto a él...
Al terminar el día, el hambre la llevó a su restaurante de ensaladas favorito. Sentada junto a la ventana, su mirada se extravió en el horizonte hasta que se clavó, irremediablemente, en la punta distante del cartel del puesto de comida rápida en la carretera. La misma sonrisa triste de la mañana afloró. Allí había comenzado todo. Allí, charlando durante horas, el estacionamiento donde habían quedado de verse, donde dejó la moto cuando el la llevó a la colina.
De pronto, la tristeza en su pecho se transformó. Ya no era solo nostalgia; era una rabia sorda por haberlo dejado ir sin luchar, por haber aceptado una rendición que ninguno de los dos quería en el fondo. Y bajo esa rabia, latía con fuerza un deseo feroz, casi primal, de volver a verlo, de mirarlo a los ojos y saber.
Pagó su comida, salió al aire fresco de la noche y se subió a la moto con decisión. La encendió y arrancó quemando goma, el neumático protestando contra el asfalto. "África" de Toto retumbó en sus auriculares a un volumen ensordecedor, sumiéndola en el mismo piloto automático que usaba para sus entregas en el pasado. Pero esta vez no huía del dolor; corría hacia él.
A 140 km/h por la carretera, el viento le azotaba el cuerpo, pero solo sentía el latido furioso de su corazón. Tomó el acceso hacia el puesto de comida, redujo la velocidad y recorrió el estacionamiento con la mirada ansiosa, escudriñando con la mirada el interior del local iluminado. Sabía que era una locura, que él no estaría allí. Era solo un ritual desesperado.
De repente, un movimiento oscuro en su visión periférica, a la derecha. Un coche se interponía en su camino. Clavó los frenos con todas sus fuerzas. La moto patinó, se balanceó peligrosamente y estuvo a centímetros de caer. Logró enderezarla, con el corazón ahora bombeando adrenalina pura. Iba a gritar, a maldecir al imprudente, cuando se quitó el casco con mano temblorosa.
Y entonces, el mundo se detuvo.
El auto que había frenado de golpe para no chocarla era el de Wyatt. Él estaba saliendo del vehículo, con los ojos tan abiertos como los de ella, la misma incredulidad pintada en el rostro. Había ido por el mismo impulso irracional, recorriendo el mismo camino de esperanza desesperada.
![[Imagen: y5yrArN.png]](https://i.imgur.com/y5yrArN.png)
Se miraron fijamente, como dos pistoleros en un duelo al amanecer, midiendo la profundidad de la herida que se habían infligido y la magnitud del anhelo que los había reunido allí. No hubo reproches. No hicieron falta disculpas. La tensión se quebró con una sonrisa lenta, de complicidad y alivio, que nació casi al unísono en sus labios. Era el permiso que necesitaban darse, la absolución que no requería palabras.
Cerraron la distancia que los separaba. Los doce pasos se convirtieron en tres, y luego en ninguno. Ella, con el casco aún colgando de su mano, le rodeó la nuca. Él inclinó su frente hasta tocar la de ella. Y entonces, en medio de esa intersección de la carretera, encontraron por fin los labios del otro en un beso apasionado, urgente y liberador. Un beso que detuvo la rotación de la tierra, que borró todos los miedos del pasado y que gritaba, sin palabras, la única verdad que importaba: que habían elegido confiar, a pesar de todo.
![[Imagen: BzjOe9O.png]](https://i.imgur.com/BzjOe9O.png)
Continua en Capítulo 4
Tres días sin una sola señal de Wyatt confirmaron su certeza, aunque una parte de ella supiera que era infundada. La mañana del cuarto día, mientras repasaba su agenda para organizar la jornada, su dedo se deslizó por la página de la semana anterior. Allí estaba su nombre: Wyatt - Continuación tratamiento - ¿Confirmar?. El renglón destinado a la nueva cita estaba vacío, un espacio en blanco que pareció devorar toda la luz de la habitación.
Se quedó mirando ese vacío, y por un instante, no vio la agenda. Vio el amanecer bañando su perfil, sintió el eco del rugido de la represa y el calor de sus labios. Una sonrisa involuntaria, tierna y amarga a la vez, se dibujó en su rostro. Sonreía por la belleza pura e innegable de aquel momento, y al mismo tiempo, por la ironía de que su profecía de autocuidado se hubiera cumplido: había tenido razón en no querer continuar.
¡PEEEP!
El pitido de la cafetera la sacó bruscamente de su ensoñación. Parpadeó, desorientada, y al bajar la mirada hacia la agenda para cerrarla, lo vio. Al lado del nombre de Wyatt, en el margen del papel, su mano, actuando por cuenta propia movida por el subconsciente, había dibujado un pequeño corazón perfecto y delicado.
La sangre le afluyó a las mejillas. La evidencia de su vulnerabilidad estaba allí, tachando su frágil armadura de indiferencia. Respiró hondo. La sonrisa se desvaneció, reemplazada por una determinación nerviosa. No podía dejar las cosas así, en ese limbo incómodo. Agarró el teléfono con una mano que apenas lograba mantener estable y le marcó.
—¿Hola? —La voz de Wyatt del otro lado sonó plana, cautelosa.
—Hola, Wyatt. Soy Emily —dijo, forzando un tono profesional y ligero que sonó falso incluso para sus propios oídos—. ¿Cómo estás?
—Uh… bien, sí. ¿Y tú? —La tensión era palpable, un muro invisible entre ellos.
—Bien, gracias. Me alegro por ti.
Un silencio espeso y pesado cayó sobre la línea, una niebla de cosas no dichas que los ahogaba a ambos. Emily tragó saliva y se armó de valor.
—Oye, ¿vas a venir mañana? Para tu penúltimo tratamiento.
La pausa del otro lado fue eterna. Podía casi escuchar el conflicto retumbando en su silencio.
—Creo que… vamos a dejarlo así —soltó al fin, las palabras saliendo a empujones—. Yo no creo que sea lo ideal que… ya sabes, nos veamos.
El adiós que siguió sonó como el cristal de su propio corazón rompiéndose. Colgó y se quedó mirando el auricular, la angustia anudándole la garganta. Del otro lado de la ciudad, Wyatt hacía lo mismo, ahogándose bajo el peso de una elección que sentía necesaria pero que sabía devastadora.
Su mirada volvió a caer sobre el corazón en la agenda. Su dedo índice se alzó, instintivo, y posó la yema sobre el papel, listo para frotar con fuerza y borrar la prueba de su error, de su sentimentalismo tonto. Pero la presión nunca llegó. Se detuvo. ¿Borrar un momento de pura verdad? ¿Un beso que había sido tan auténtico y bonito? No. No merecía ser eliminado por el miedo y una despedida cobarde. Dejó el corazón allí, un recordatorio amable y doloroso de que, por un instante, se había permitido sentir.
El ruido de una moto; la despertó nuevamente, como si algo le estuviera insistiendo... El día reclamaba su atención. Se sirvió un café rápido y salió al pequeño patio trasero. Encendió un cigarrillo que llevaba una semana en el paquete, resistiéndose. Dio una calada profunda y dejó que el humo saliera de sus labios lentamente, como si con él pudiera exhalar la pena que quería dejar ir. El cigarrillo se consumió, el café se enfrió en la taza, y una nueva paciente llegó.
Sumergirse en el trabajo fue su salvación. Mientras charlaba con la señora y sus manos trabajaban nudos musculares, pequeños flashbacks la asaltaban: el destello del sol en sus ojos, el sonido del agua. Ella cerraba los ojos con fuerza por una fracción de segundo, apretaba los puños bajo la camilla y luego reanudaba el masaje con una sonrisa profesional en el rostro. No era fingida, pero le faltaba la luz que había tenido junto a él...
Al terminar el día, el hambre la llevó a su restaurante de ensaladas favorito. Sentada junto a la ventana, su mirada se extravió en el horizonte hasta que se clavó, irremediablemente, en la punta distante del cartel del puesto de comida rápida en la carretera. La misma sonrisa triste de la mañana afloró. Allí había comenzado todo. Allí, charlando durante horas, el estacionamiento donde habían quedado de verse, donde dejó la moto cuando el la llevó a la colina.
De pronto, la tristeza en su pecho se transformó. Ya no era solo nostalgia; era una rabia sorda por haberlo dejado ir sin luchar, por haber aceptado una rendición que ninguno de los dos quería en el fondo. Y bajo esa rabia, latía con fuerza un deseo feroz, casi primal, de volver a verlo, de mirarlo a los ojos y saber.
Pagó su comida, salió al aire fresco de la noche y se subió a la moto con decisión. La encendió y arrancó quemando goma, el neumático protestando contra el asfalto. "África" de Toto retumbó en sus auriculares a un volumen ensordecedor, sumiéndola en el mismo piloto automático que usaba para sus entregas en el pasado. Pero esta vez no huía del dolor; corría hacia él.
A 140 km/h por la carretera, el viento le azotaba el cuerpo, pero solo sentía el latido furioso de su corazón. Tomó el acceso hacia el puesto de comida, redujo la velocidad y recorrió el estacionamiento con la mirada ansiosa, escudriñando con la mirada el interior del local iluminado. Sabía que era una locura, que él no estaría allí. Era solo un ritual desesperado.
De repente, un movimiento oscuro en su visión periférica, a la derecha. Un coche se interponía en su camino. Clavó los frenos con todas sus fuerzas. La moto patinó, se balanceó peligrosamente y estuvo a centímetros de caer. Logró enderezarla, con el corazón ahora bombeando adrenalina pura. Iba a gritar, a maldecir al imprudente, cuando se quitó el casco con mano temblorosa.
Y entonces, el mundo se detuvo.
El auto que había frenado de golpe para no chocarla era el de Wyatt. Él estaba saliendo del vehículo, con los ojos tan abiertos como los de ella, la misma incredulidad pintada en el rostro. Había ido por el mismo impulso irracional, recorriendo el mismo camino de esperanza desesperada.
![[Imagen: y5yrArN.png]](https://i.imgur.com/y5yrArN.png)
Se miraron fijamente, como dos pistoleros en un duelo al amanecer, midiendo la profundidad de la herida que se habían infligido y la magnitud del anhelo que los había reunido allí. No hubo reproches. No hicieron falta disculpas. La tensión se quebró con una sonrisa lenta, de complicidad y alivio, que nació casi al unísono en sus labios. Era el permiso que necesitaban darse, la absolución que no requería palabras.
Cerraron la distancia que los separaba. Los doce pasos se convirtieron en tres, y luego en ninguno. Ella, con el casco aún colgando de su mano, le rodeó la nuca. Él inclinó su frente hasta tocar la de ella. Y entonces, en medio de esa intersección de la carretera, encontraron por fin los labios del otro en un beso apasionado, urgente y liberador. Un beso que detuvo la rotación de la tierra, que borró todos los miedos del pasado y que gritaba, sin palabras, la única verdad que importaba: que habían elegido confiar, a pesar de todo.
![[Imagen: BzjOe9O.png]](https://i.imgur.com/BzjOe9O.png)
