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Proyecto Mila [Roleplay] - Personajes, entornos y anuncios Roles [ROLEPLAY #1] Emily Vonrichtoffen Capítulo 2 Manos que Escuchan

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[ROLEPLAY #1] Emily Vonrichtoffen Capítulo 2 Manos que Escuchan
Nonis
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#1
03-09-2025, 08:50 AM (Última modificación: 03-09-2025, 10:15 AM por Nonis. Razón: Conseguí recuperar una "SS" y la adjunté )
La Sanadora de Fort Carson

Los primeros días en el consultorio fueron una paradoja. Sus manos, sabias e instintivas, recordaban cada músculo, cada inserción, cada técnica. Pero el espacio era un desconocido. Los muebles, elegidos con esmero pero con un presupuesto ajustado, no eran los que conocía. La camilla tenía una altura diferente, el ángulo de la lámpara era distinto, la disposición de la sala alteraba su flujo de trabajo. No era un obstáculo físico, sino una barrera mental. Un recordatorio constante de que todo lo que había construido antes se había derrumbado y que esto, aunque suyo, era empezar de cero. Respiró hondo. No era el fin del mundo; era un nuevo comienzo. Y los comienzos, por definición, venían con torpezas. Se obligó a practicar, a moverse por el espacio vacío, a familiarizarse con cada centímetro hasta que la habitación dejó de sentirse ajena y se convirtió en una extensión de sí misma.

Antes de abrir sus puertas al mundo, realizó su ritual. Encendió las velas de canela y lavanda. El aroma dulce y terroso comenzó a impregnar el aire, tejiendo una atmósfera de calma y profesionalismo. Era el mismo olor que había usado en la clínica de Angel Pine. Era el olor de su trabajo, de su dominio. Era una declaración silenciosa: aquí, ella mandaba.

La estrategia fue tan práctica como ella misma. Un viaje en moto hasta el anunciante más cercano. Un mensaje claro y directo: "Fisioterapia y Masoterapia Profesional. Alivio del dolor y rehabilitación. Precios accesibles. Consultorio o Domicilio." No prometía milagros; prometía soluciones. Y en una ciudad de esfuerzos físicos brutales y vidas aceleradas, la claridad fue un imán. El teléfono comenzó a sonar. Primero, tímidamente. Luego, con una frecuencia constante.
Y así, uno a uno, comenzaron a llegar.
No eran solo cuerpos con dolencias; eran historias con peso. Emily lo supo desde el primer apretón de manos, desde la primera mirada evasiva. Y entonces, implementó su regla cardinal, su "tratado de confidencialidad", dicho con una voz tan serena y firme que inspiraba una confianza instantánea:
—Todo lo que hablemos aquí se queda aquí. Para poder ayudarle de verdad, necesito entender no solo dónde le duele, sino por qué. Su cuerpo me cuenta una parte de la historia, pero a menudo la mente guarda la clave.

Las compuertas se abrieron una a una y pasó a ganarse la confianza de la gente.

El albañil con una tendinitis crónica no solo cargaba ladrillos; cargaba con la presión de ser el único sustento de su familia, y el miedo a que si se detenía, todo se vendría abajo.

La secretaria con una contractura cervical insoportable no solo trabajaba largas horas; soportaba el acoso constante y las miradas lascivas de un jefe que creía que su puesto era un favor.

El mafioso de mirada cansada, cuya contractura no era por un golpe, sino por las noches en vela, atormentado por una vida que quería dejar pero que sabía que abandonar sería firmar su propia sentencia.

Emily no preguntó detalles. Solo trabajó el nudo de músculos tensos en sus espaldas, nudos forjados por el miedo, la adrenalina y la desesperación silenciosa.
De esa manera, Emily, la fisioterapeuta, se convirtió en la confidente, la sacerdotisa de los secretos no dichos. Sus manos no solo amasaban el tejido dañado; amansaban el alma herida. Cada paciente que se iba, más liviano en cuerpo y en espíritu, era un testimonio de que había encontrado su propósito. No estaba solo curando lesiones; estaba reparando pedazos de humanidad en una ciudad que a menudo la olvidaba. Era más que un trabajo. Era su vocación.

Los renglones de su agenda se fueron llenando con una caligrafía precisa. Nombres, tratamientos, recomendaciones. Cada hoja era un testimonio de su reconstrucción. Pero la vida, como siempre, tiene una geometría impredecible.
El nombre que apareció ese día era Wyatt Chase. Veintidós años, molestia lumbar por trabajo en una fundición. Al principio, fue solo otro cuerpo tenso. Pero bajo su natural simpatía, los músculos de Wyatt cedieron, y con ellos, sus palabras.

Así comenzó una danza lenta de descubrimientos. No fue algo instantáneo, sino un edificio que construyeron ladrillo a ladrillo, cita a cita. Después de las sesiones, comenzaron con un café rápido. Luego, se convirtió en hamburguesas en un local del centro, riendo de las ocurrencias del otro entre bocado y bocado. Pronto, los paseos se extendieron hasta el puerto, donde se sentaban en el malecón a ver cómo la luna plateaba el agua, compartiendo silencios cómodos que hablaban más que las palabras.
Él le hablaba de coches, de la belleza de el coche que soñaba comprarse, y ella le hablaba de Kant, de la ética del deber, y de Maquiavelo, de la crudeza del poder. En la inmensidad anónima de Los Santos, habían encontrado un puente inesperado. Él comenzó a tomar sistemáticamente el último turno, y sus encuentros se alargaban naturalmente. La risa de Emily era más genuina en su compañía, su inteligencia se sentía celebrada. Él, por su parte, parecía respirar aliviado, como si por fin alguien viera la persona detrás del overol de trabajo.

Hasta que una noche, la invitación llegó. "¿Vienes? Tengo que mostrarte algo". Charlaron durante horas frente a un puesto de comida rápida en la carretera de Las Venturas, hasta que el cielo comenzó a clarear con tonos violeta. Sin una palabra, él la llevó a su coche y manejó por caminos serpenteantes hasta una colina solitaria, coronada por el esqueleto silencioso de una torre de alta tensión. Abajo, la represa rugía con una fuerza sorda. El amanecer bañaba todo en oro líquido.

Se bajaron del coche, y el mundo pareció encogerse hasta contener solo la colina, la torre y el rugido lejano de la represa. El prendió la radio, una melodía suave que se mezcló con el susurro del viento matinal. No hablaron mucho; las palabras ya no parecían necesarias. Se sentaron en el capó, viendo cómo el sol comenzaba a incendiar el horizonte, tiñendo las nubes de naranja y púrpura. Hablaron de la vida, de lo vasto e indiferente que podía ser el mundo, y de lo raro que era encontrar a alguien con quien las piezas encajaran de forma tan natural.

[Imagen: 3tCiFGy.png]

Hasta que un rayo del sol naciente, intenso y dorado, los iluminó a ambos al mismo tiempo. La música se desvaneció en sus oídos. Un silencio profundo y eléctrico cayó sobre ellos, cruzado por una mirada simultánea que no era casualidad, sino destino. No se miraban a los ojos, no era el rostro del otro lo que veían. Era algo más profundo, más esencial. Era como si dos estrellas, después de orbitarse en la distancia, finalmente se encontraran en la misma órbita, sincronizadas en un perfecto y silencioso entendimiento.
En ese momento, impulsados por una fuerza mayor que su cautela, avanzaron el uno hacia el otro. Fue lento, casi imperceptible, como si el aire mismo se hubiera vuelto denso. Se detuvieron a apenas dos centímetros de distancia, sintiendo el calor del aliento del otro, el campo magnético que los atraía. Y entonces, sin mediar palabra, cerraron ese mínimo espacio con un beso. No fue un beso apasionado ni desesperado, sino uno profundo, sereno y revelador. Era la respuesta a una pregunta que no habían sabido formular.
Al separarse, mantuvieron las miradas fijas, buscando en los ojos del otro el reflejo de lo que acababa de ocurrir. El aire vibraba con la verdad de ese acto. Fue Wyatt quien rompió el silencio, su voz un susurro ronco que casi se lo llevó el viento.
—¿Estás segura de esto?
La pregunta flotó entre ellos, cargada de todo su pasado compartido en confesiones previas. Ambos habían desenterrado sus heridas: sus miedos a confiar, sus promesas rotas, su acuerdo tácito de no volver a abrirse tanto a alguien. El beso había sido verdadero, pero también era una transgresión a su propio pacto de autopreservación.
Volvieron a mirar el sol, que ahora ascendía imparable. El rugido constante de la represa de abajo, potente y monótono, camuflaba el latido acelerado de sus corazones y la tensión de la situación. No había rechazo ni disgusto; solo el vértigo de haber cruzado una línea que habían jurado no cruzar y el terrorífico reconocimiento de que, por un instante, había valido la pena.
—El amor a veces duele —susurró Wyatt, como si la frase se le hubiera escapado, dirigida más al paisaje que a ella.
Emily lo entendió. No necesitaba palabras. Asintió levemente, un gesto que encapsulaba toda su complicidad y toda su tristeza. Lo había sentido también. La belleza del momento y el dolor que prometía venir estaban irremediablemente entrelazados.
El regreso en coche fue en un silencio denso y contemplativo. No era incómodo, sino pesado, lleno de pensamientos que no se atrevían a vocalizar. La despedida fue un eco de todas las anteriores, pero ahora con un significado completamente distinto.
—Cuídate —dijo él.
—Tú también respondió ella.

Ambos se alejaron despacio, sin prisas pero sin mirar atrás. No huían; simplemente honraban el pacto no escrito que acababan de confirmar: aquello no podía volver a pasar. Era demasiado peligroso.
Emily abrió la puerta de su casa. El silencio del consultorio vacío la recibió, amplificando el eco del beso en su mente. Miró el reloj. Faltaba una hora para que su primer paciente tocara el timbre. Se quedó junto a la ventana, mirando la calle despertar.

Aguardaba, esperando que la racionalidad, su vieja aliada, llegara para poner orden en el caos que sentía en el pecho. En su mente, lo que había ocurrido era una clara infracción a sus propias reglas, un error de cálculo emocional que amenazaba su duramente ganada estabilidad. Un riesgo que no podían permitirse.
Pero en su corazón, era otra cosa completamente distinta. Era una brasa caliente, un destello de una conexión pura que sentía tan real como el suelo bajo sus pies. No terminaba de entender la contradicción entre lo que pensaba y lo que sentía, pero sí podía procesar la sensación física: un nudo de anticipación y pérdida en el estómago, el fantasma de su calor en sus labios, y una punzada de dolorosa claridad que le decía que, tal vez, había dejado escapar algo precioso justo en el momento de encontrarlo.


Continua en capitulo 3

brantilo
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¿Que miras?¿te cojo?
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#2
03-09-2025, 10:28 AM
me quede muy concentrado leyendo espero la tercera parte mas porfavor

Jhonatan Matamoros
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#3
03-09-2025, 10:37 AM
La verdad me cautivo bastante la atención me quede clavo sin darme cuenta ya se acabo la historia sigue asi apoyo

TheOsoGG
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#4
03-09-2025, 17:25 PM
Muy buen rol, mi recomendacion seria meter más imágenes IC, quitando el fondo, ID, y usando el /vertodo para hacer una imagen panorámica, con otra ir implementando diálogos de los personajes sin hacer uso de las herramientas del foro para que quede más nítido.

Muy buena interpretación e inicio ¡Sigue así!

[Imagen: s0Va3Eh.gif]


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