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Proyecto Mila [Roleplay] - Personajes, entornos y anuncios Roles [ROLEPLAY #1] Capitulo 4 La sombra de la Reputación

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[ROLEPLAY #1] Capitulo 4 La sombra de la Reputación
Nonis
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#1
03-09-2025, 12:41 PM
La nueva realidad que Emily y Wyatt habían abrazado se asentó con una calma sorprendente. Se veían casi a diario, pero la dinámica había mutado hacia algo más sólido y tranquilo. Ya no eran dos amigos explorando un territorio desconocido, ni dos amantes consumidos por la pasión inicial. Eran, simplemente, compañeros. Encuentran en las tardes y noches un refugio mutuo, un espacio donde las presiones de la ciudad se disipaban. La fluidez entre ellos era natural, como si hubieran encajado dos piezas de un rompecabezas que no sabían que faltaba. La vida de Emily siguió su curso en un ciclo rutinario que le resultaba profundamente confortable: su consultorio, sus pacientes, sus manos aliviando el dolor ajeno. Y, al final del día, Wyatt.

Pero en una ciudad como Los Santos, la tranquilidad es un bien frágil.

La reputación de la "muchacha de las manos de oro" se extendió más allá de Fort Carson. La gente pasaba la voz, pero el mensaje, como suele ocurrir, se distorsionó en el camino. Para los granjeros de Grapeseed o los pescadores de Paleto Bay, era la fisioterapeuta que devolvía la movilidad a espaldas castigadas por el trabajo. Pero para ciertos elementos que pululaban en los foros menos recomendables de la ciudad o en los bares de mala muerte, se había convertido en algo más: un rumor.
Las llamadas comenzaron de forma casi imperceptible. Al principio, podían confundirse con simples errores.

—¿Es el servicio de masajes? —preguntaba una voz masculina, con un tono que sonaba más a esperanza que a otra cosa.
—Sí, fisioterapia y masoterapia profesional —aclaraba Emily con su voz serena pero firme.
—Ah, okay... —y colgaban.


Pero pronto, la sutileza desapareció. Las peticiones se volvieron directas, obscenamente claras, aunque nunca usaban las palabras "sucias". Eran insinuaciones pesadas, preguntas sobre "servicios completos" o "masajes relajantes de verdad". Le propusieron "trabajar en privado" para clientes exclusivos, hombres que pagarían el triple por una "atención personalizada y discreta". Le hablaron de "happy endings" como si fuera un servicio tan normal como cambiar el aceite de un coche.
La inocencia con la que Emily quiso tomarlo al principio —atribuyéndolo a bromas de mal gusto— se evaporó rápidamente, reemplazada por una fría comprensión y una punzada de nausea. No eran bromas. Era un mercado sórdido que creía haber encontrado una nueva proveedora, confundiendo su profesionalismo, su simpatía y su empatía con una invitación a algo completamente distinto.
Colgaba el teléfono con la mano temblorosa, sintiendo cómo la piel se le erizaba. Mirada fija en la pared de su consultorio, tan pulcra y profesional, se sentía manchada por las palabras que aún resonaban en sus oídos. Intentaba sacudírselas de encima, concentrarse en la siguiente cita, en la señora con artritis o el albañil con una contractura. Pero la sombra de aquellas proposiciones se cernía sobre ella, un recordatorio perturbador de que en Los Santos, incluso la bondad podía ser tergiversada y convertida en una mercancía sucia.
Una tarde, después de una llamada particularmente grotesca que terminó con ella colgando de golpe, se quedó sentada en su sillón, abrazándose a sí misma. La rabia y la vulnerabilidad luchaban dentro de ella. ¿Había hecho algo malo? ¿Se había vestido de alguna manera? ¿Había dado alguna señal equivocada? La ética inquebrantable que le inculcaron sus padres chocaba contra la cruda realidad de la ciudad.
El timbre de la puerta la hizo sobresaltar. Era su último paciente. Respiró hondo, se enderezó la bata, y se obligó a poner una sonrisa profesional. Pero por primera vez, esa sonrisa le costó un esfuerzo sobrehumano. La pureza de su vocación se había agrietado, y una fina capa de temor se instaló en su corazón. Sabía que esto no terminaría aquí. En una ciudad de sombras, la luz de su consultorio empezaba a atraer también a las polillas más venenosas.

El timbre sonó justo después de que la voz obscena se esfumara de la línea. Emily respiró hondo, intentando sacudirse la sensación de suciedad que le dejaba cada una de esas llamadas. Abrió la puerta y allí estaba él.

No se parecía en nada a sus pacientes habituales. Donde ella esperaba ver la postura encorvada del esfuerzo físico o la rigidez de una lesión, había una pose desafiante, relajada. Tyrone Scott. Su nombre sonó normal cuando lo dijo, pero todo en él gritaba lo contrario. Los tatuajes eran agresivos, las cadenas de oro destellaban con un brillo barato, y su sonrisa era un gesto vacío que no alcanzaba sus ojos. Era una sonrisa pedante, que rozaba la inmoralidad con una mirada que la escaneó de arriba abajo, no como a una profesional, sino como a un objeto.
—Tengo unos dolores... en la espalda, los hombros —dijo, con una voz que sonaba a excusa mal ensayada.
La ética de Emily se impuso por encima del instinto que le gritaba que echara a correr. Le pidió que se quitara la camisa y comenzó la evaluación, sus dedos expertos palpando la musculatura en busca de nudos, de inflamación, de cualquier signo de que el dolor fuera real.

—¿Duele aquí? ¿Si presiono aquí sientes alguna molestia?
Pero sus respuestas no eran de un paciente. Eran las de un depredador.
—Suaves tienes las manos —murmuró, y ella sintió cómo su estómago se encogía—. Esas gafas te quedan muy bien. ¿Te habían dicho lo linda que te ves cuando trabajas?

Mantuvo la calma. No perdió el profesionalismo. Cada halago era un cuchillo que intentaba traspasar su armadura. Le pidió que se recostara boca abajo en la camilla, deseando que la posición lo silenciara. Pero los comentarios no cesaron, camuflados en un murmullo bajo mientras sus manos trabajaban sobre una espalda que, ella lo sabía ahora con certeza, no tenía absolutamente nada.

Cada minuto fue una eternidad. Finalmente, terminó la sesión. Él se incorporó, estirándose con una falsedad obscena.

—Vaya, cariño, me has tratado genial. Tienes unas manos... especiales. Debe ser que te ha encantado tocarme, ¿no?

Se acercó. Demasiado. El espacio personal de Emily se redujo a nada. Ella estaba sola, una vulnerabilidad que nunca antes había sentido en su propio consultorio. Pero de su interior, de esa misma fibra de resiliencia que la trajo a Los Santos, surgió una audacia fría.
No retrocedió. Lo miró directamente a esos ojos vacíos y sonrió, una sonrisa tensa pero convincente.

—Mira, me encantaría seguir charlando, pero hoy no voy a poder. Tengo más gente agendada y no puedo darme el lujo de cerrar el consultorio. —Ya me gustaría —dijo ella, con un guiño que le heló la sangre.
Él arqueó una ceja, la sonrisa no se borró de su rostro. Pareció saborear la excusa, creyéndose tan irresistible que incluso la hacía pensar en la idea de dejar sus obligaciones por el.

Y se fue. Con la falsa promesa de que ella lo llamaría al día siguiente resonando en el aire envenenado que dejaba atrás.
La puerta se cerró. Emily no se movió. Permaneció de pie en el centro de la habitación que había construido con tanto esfuerzo, sintiendo que había sido violentada. No físicamente, pero sí en su seguridad, en su santuario. El olor a lavanda y canela ya no olía a calma; olía a peligro.
Sabía, con una certeza absoluta y aterradora, que Tyrone Scott no era un cliente. Era una advertencia. Y las advertencias en Los Santos rara vez venían solas.

Esa noche, cuando Wyatt llegó, encontró la taza de café de Emily intacta y su mirada fija en la ventana, perdida en la oscuridad de la ciudad. La tranquilidad que había construido Emily se había agrietado, y por la grieta se colaba la cruda realidad.
Wyatt, indignado, la interrogó con la urgencia de quien quiere arreglar las cosas de inmediato.

—¿Cómo era? ¿Anotaste la matrícula de su coche? ¿Tienes su número? Dámelo, yo lo llamo y se lo explico claramente.

Pero Emily solo negó con la cabeza, una tristeza profunda en sus ojos. Ella lo entendía mejor. Sabía que hombres como Tyrone no se detenían con una simple advertencia. Si no conseguían lo que querían, el acoso podía escalar a difamación, a daños a su propiedad, o algo peor. La negativa a enfrentarlo directamente no era cobardía, era realismo puro.
Fue entonces cuando Wyatt ideó su plan.

—Ya sé. Habla con él. Quedamos en algún lugar. Yo llevo mi rifle de caza y con eso seguro se caga encima. Le voy a meter un susto que lo va a dejar acojonado para siempre —dijo con una convicción que brotaba del amor y la rabia más que de la cordura.

Emily lo miró. El plan estaba lleno de agujeros, de variables que podían salir catastróficamente mal. Pero vio la determinación en sus ojos, la necesidad feroz de protegerla. Y en ese momento, contra todo su instinto de autopreservación, decidió confiar en él.
Al día siguiente, con una frialdad que le era ajena, tomó el teléfono. Su dedo tembló levemente sobre la pantalla antes de marcar el número de Tyrone.

—Hola, princesa —respondió él al otro lado, con una voz zalamera y llena de presunción—. Veo que eres mujer de palabra.
—Hola, Tyrone —dijo ella, forzando una calma que no sentía—. Tengo un par de horas libres ahora. ¿Te parece si quedamos? Quiero... charlar contigo.
—¿Crees que puedo dejar lo que estoy haciendo para salir contigo? —dijo él, poniéndose por encima—. Haré una excepción porque eres tú, ¿okey? ¿Dónde nos vemos?
—E-eh... en el muelle de Los Santos. Donde el parque de diversiones abandonado —tartamudeó, apenas conteniendo el nerviosismo.
—Te veo allá —fue su respuesta seca, colgando sin esperar a otra palabra.


Wyatt, que había escuchado todo desde el sofá, exhaló con incredulidad.
—¿Cómo puede ser tan...? — Respiró hondo, tratando de imitar la frialdad que veía nacer en Emily, armándose de valor para lo que venía.
El lugar no fue elegido al azar: abierto, a la vista, pero lo suficientemente desolado como para no tener testigos no deseados. Wyatt se escondió detrás de unos carteles publicitarios cubiertos de polvo y graffiti, el frío cañón de su rifle de caza apoyado contra la madera podrida.
Tyrone no llegó solo. Bajó de un sedán viejo acompañado de dos tipos con la misma aura intimidante que él, sus "seguridades", dos amigos que probablemente solo buscaban emoción fuerte.
Con un valor que le nació de las entrañas, Emily se plantó.
—¿Un poco de privacidad? Quiero hablar a solas contigo.
Tyrone sonrió, la sonrisa de un ganador. Miró a sus compinches con arrogancia y con un gesto de la cabeza los despachó hacia un banco a unos metros de distancia. Creía, sin duda, que había ganado.
Una vez "solos", ella no perdió tiempo.

—Mira, Tyrone... creo que estás malinterpretando las cosas. Decidiste entender todo a tu conveniencia.
Su sonrisa burlona no se desvaneció. Se acercó un paso, invadiendo su espacio. Ella dio uno atrás.
—Tú sabes, nena, que me gustas. Si no, ¿por qué me tocaste de aquella forma?

—Eso solo sucedió en tu mente retorcida —replicó ella, cruzando los brazos como una barrera—. Tengo pareja. No estoy interesada en otra persona, y mucho menos en ti.
—Esa excusa de "tengo novio" es más vieja que andar a pie, chiquita —espetó él, plantándose frente a ella con una mirada de posesión—. No te hagas la difícil. Ambos sabemos que estás loca por mí.

Fue en ese momento que Wyatt emergió de detrás del cartel como un espectro. El rifle, ahora firmemente empuñado, apuntaba al centro del pecho de Tyrone. Su voz no era un grito, era un rugido bajo, cargado de una raya absoluta.

—Te dijo que no, maldito. Aléjate de ella.


La expresión de Tyrone se transformó. La arrogancia se desvaneció, reemplazada por un puro y genuino terror. Las manos se alzaron instantáneamente en señal de rendición.

—Oye, cálmate, viejo —balbuceó, retrocediendo—. ¡No lo vale! Es solo una p...
—¡Cállate! — le cortó Wyatt, avanzando un paso, el cañón del rifle siguiendo cada movimiento de Tyrone—. No le digas así. ¿Quién demonios te crees que eres, pedazo de basura? Vete de aquí antes de que me obligues a jalar el gatillo.

No hubo más discusión. Tyrone retrocedió tambaleándose, llamando a sus amigos con un grito ahogado. Los dos hombres, al ver el arma, se movieron con una velocidad que negaba su anterior actitud despreocupada. Subieron al coche de un salto y el sedán arrancó con un chirrido de neumáticos, desapareciendo en una nube de polvo y miedo.
El silencio que quedó fue tan abrupto como el estruendo de la confrontación. Wyatt bajó el rifle, el brazo le temblaba levemente por la adrenalina. Emily se dejó caer contra el capó de su propio coche, respirando profundamente, como si acabara de salir a la superficie después de estar a punto de ahogarse.
Se miraron. No había triunfo en sus miradas, solo el alivio intenso y inmediato de haber esquivado una bala, mezclado con el frío reconocimiento de una verdad ineludible.
El plan había funcionado.
Pero ahora, sin lugar a dudas, se habían ganado un enemigo.



Continua en Capitulo 5

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